PENSAMIENTO
Por Teresa Gutiérrez de Cabiedes
![]() | El cristianismo está pasado de moda. La Verdad promulgada por Cristo no cabe en una sociedad con mecanismos democráticos. La única instancia de autoridad moral es la legislación promulgada por un parlamento. La Iglesia debe renunciar a sus intentos de adoctrinamiento social y recluirse en las sacristías. Por extensión, el cristiano que en el siglo XXI siga empeñado en confesar su fe no debería manifestarla más allá del zaguán de su casa. |
¿Puede el hombre moderno recuperar su derecho a pensar y su deber de hacerlo? ¿De dónde arranca la uniformidad cultural en la que la libertad de usar la razón es considerada disidencia social? ¿Puede volver a articularse una sana convivencia entre las revelaciones divinas y la capacidad de juicio de los hombres? ¿Existe una carta de ciudadanía para los hombres de bien que siguen siendo fieles a su fe en Dios? ¿Cómo debe reaccionar la Iglesia multisecular ante estos grandes retos actuales? Estos interrogantes y otras cuestiones de hondo calado son abordadas en el último libro de Alfonso García Nuño, Religión en una democracia frustrada. El autor, jurista y teólogo, ha hecho una cuidada recopilación de artículos que previamente había publicado en el desaparecido suplemento "Iglesia" de esta casa.
García Nuño califica como "pensamiento incidental" su propia producción. Quizás ese sea uno de los grandes logros de la hondura razonadora que alcanza: el haber sabido partir de los incidentes de la vida diaria para después iluminarlos con una luz que rebasa lo inmediato y hunde sus raíces en una rica tradición filosófica y teológica.
En el momento histórico en el que gozamos de un mayor acceso a cualquier tipo de información, se ha hecho tarea indispensable recuperar la capacidad de juicio. Cada vez más se extiende, como una inmensa mancha de aceite, un pensamiento único hijo de la moda reinante o fruto de elaborados planes ideológicos al servicio de intereses políticos o económicos. Necesitamos volver a degustar nuestra capacidad de análisis, nuestra posibilidad de diseccionar la realidad que nos rodea y de decidir qué destino queremos seguir en nuestra vida. Pero esta tarea no en sencilla, en un ambiente cultural en el que impera el relativismo y, con él, la consideración de que cualquier idea tiene el mismo valor, independientemente de su contenido. ¿Cómo invertir esa tendencia a narcotizar el pensamiento libre? ¿Cómo no desistir del derecho a ser librepensadores?

Probablemente uno de los puntos neurálgicos que da unidad a este mosaico de artículos es una idea lúcida: la premisa de que el cristianismo no está desgajado de lo humano, es decir, la posibilidad de que Dios no sea enemigo del hombre sino luz para su humanidad. La recuperación de un sentido trascendente obliga al ser humano a salir de sus pequeñas mezquindades y a construir su vida y la historia con la mirada puesta en lo mejor. De hecho, el motor del conocimiento (ya lo descubrió la sabiduría griega) es el diálogo: pero éste sólo es posible cuando uno está dispuesto a renunciar a sus planteamientos, honradamente, si descubre otras ideas mejores, más acordes con la condición del hombre o con el bien de la sociedad en la que vive. En este libro queda patente que el primer diálogo necesario es el de uno consigo mismo: el autor nos va mostrando su propio itinerario intelectual, en el que se aprecia un contraste continuo de opiniones y de interpretación de datos, así como un fecundo coloquio con la preciosa tradición de nuestro pensamiento cultural. Tal ejercicio nos provoca irremediablemente a recuperar el mítico deseo: sapere aude!
Frente al pensamiento mascado, García Nuño nos lanza el desafío a la razón y toma como maestro de lujo a Pero Grullo. Resulta extremadamente atinado este primer escalón: la reivindicación indispensable del sentido común, para vadear las bagatelas ideológicas y enfrentarse sin tantos tópicos a nuestra realidad personal y social. A este logro se une una fina ironía, tan necesaria para un distanciamiento prudente de la actualidad más inmediata. Así mismo, late un denodado esfuerzo por desenmascarar el carnaval de palabras en el que vive nuestra sociedad. De hecho, la manipulación lingüística puede considerarse uno de los instrumentos más eficaces de confusión intelectual, para un hombre masa que, como denuncia el autor, "ha delegado el ejercicio de su conciencia". Por último, García Nuño ha acertado a brindar multitud de ejemplos de vidas concretas: algunas de relevancia pública pero también de personas anónimas. La mayor sacudida para sacarnos de la mediocridad reinante es, posiblemente, el ansia de imitar vidas heroicas y de evitar biografías estériles.
(LD)
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