
Sin ser conscientes de ello, esos radicales son fascistas en estado puro, que pueden asumir como propio el principio sustancial del fascismo: "el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo", así como otros derivados de la esa doctrina, que, en lo elemental, compartían, entre otros, Hitler, Mussolini, Stalin y Mao:
"El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado".
Las ideologías han muerto porque los partidos políticos, que deberían haberlas abrazado y defendido, las han abandonado, entre otras razones porque eran un estorbo para el dominio de la sociedad y el control del Estado, que es lo que realmente les interesa. También por culpa de los partidos y de sus militantes, transformados en depredadores en busca de privilegios y ventajas, han perecido las ideologías. Los ciudadanos, al permitir que los partidos y los políticos profesionales les desarmen de ideologías, principios y valores, han demostrado cobardía e irresponsabilidad y han dejado a nuestro mundo hecho un basurero.
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